Esta mañana estaba lloviendo y el día comenzó con esa temperatura agradable y el brillo del agua en el asfalto. Estaba contenta pensando que por fin había un día sin ese sol estridente que no deja ver nada.
En la avenida principal de Alto Prado, un conductor que iba delante de nosotros le tocó la corneta a un anciano que cruzaba la calle. Tocó varias veces la corneta para que el anciano se apurara.
Mi hijo estaba en el carro. Es difícil estar aclarando todo el tiempo conductas como esa, porque como digo siempre... somos seres permeables y de tanto nadar en estas aguas contaminadas podemos terminar actuando de la misma manera.
El anciano respondió con un ademán. Mi hijo conmovido dijo «Mamá, pero si es un hombre tan mayor ¿por qué lo apura así?»
No quiero guardar más silencio con respecto a estas cosas. Hemos sido demasiado tolerantes, hemos escondido la cabeza pensando que sin mirar, sin hablar, sin ver... somos diferentes. Pero eso no es lo único que hace falta hacer para sobrevivir en la situación que vivimos actualmente.
Esta sociedad tiene sentencia de muerte y eso hay que asumirlo. Estamos podridos, descompuestos, huérfanos de humanidad.
Sólo me siento a salvo aquí... al lado de mi perro dormido.