noviembre 10, 2008

lunes, 8 pm

Agito las manos en las claras heladas y pegajosas. Rompo los tallos del cilantro queriendo ser tallo o aroma. Vigilo el gusto de sus venas desde la punta de mi nariz hasta detrás de mi cuello. Reposa donde comienza mi cabello al terminar mi espalda. Huelo allí. Su verde sabe advertirme y calmarme. Siento pena por el perejil, porque nunca podrá sacarme de mis casillas de esta manera. Nunca, como el cilantro estrujado y humedecido. Entrecruzo los dedos rogando pausa en mi delirio. Ahuyento el miedo y pongo la vida transcurrida debajo de mis pies. Si estoy descalza, existo. Dejo mis ojos en la sal con deseo ancestral y onírico, pero sé de su suerte y me espanta dejarla escurrir entre mis dedos. No quiero sales, ni cruces, ni oraciones crujientes. Un cielo, tal vez. Una ventana. Una piedra demoledora. Un cuchillo. Un vaso. El fuego desapareció y yo pensaba y pensaba mientras el río se llevó mis peces. Tiemblo de frío. Miro mis pies, mitad derecho, mitad izquierdo. Ellos me sospechan inmóvil, si me muevo, la vida vivida huirá por la puerta sellada. En otras vidas quise ser pájaro, pero no pude. Si me muevo, pierdo. Si me muevo, muero. Quedan las cáscaras. Quedan sus nidos sordos. Volver al hueco oval de los principios. Uno, dos, tres.

1 comentario:

La escribiente diurna dijo...

Laura:

Muy buenos textos. Saludos.