octubre 30, 2008

en la mensajería

«Desde Movilnet orgullos@s por el lanzamiento VENESAT-1 Simon Bolivar: colocamos la estrella de soberania y salimos de nuestra frontera para liberar pueblos»


Recibí este mensaje «apolítico» de esta empresa de comunicaciones. Nauseabundo. Ahora utilizan las plataformas de comunicación de las empresas que han colocado bajo su ala. Dicen colocar una estrella de ¿soberanía?. Lo que no colocaron fue los acentos. Tampoco colocan verdad. Ni liberan del hambre, el delito y la muerte al pueblo que tanto mientan.

No deberían hacer estas cosas. Es peligroso. Repugnante. Mi celular es de uso personal. Si yo estiro mi brazo para apagar la radio o el televisor porque es mi elección no escuchar los delirios del presidente ¿por qué tengo que recibir estos mensajes, como si me hubiese inscrito en un grupo, una lista, un club de interesados en la liberación de los pueblos?

Ahora los delitos son abundantes y siniestros. Aparte de los secuestros, aparecen cuerpos decapitados, con la misma simplicidad que tiene conseguir un cachito de jamón en cualquier panadería. Es asible. Normal. No es extraordinario. Es que los venezolanos somos «simpáticos» y «amables». Nada supera la «dulzura» y «carisma» de un venezolano. Somos un pan. Un pozo de virtudes y educación. Todos. Basta salir a la calle para comprobar la disposición que tenemos hacia el otro. El desprendimiento. 

No entiendo esta libertad de cárcel diaria. De imposibilidad, hambre, miedo, frustración, fracaso. Me interesaría un poco el satélite soberano si los hospitales que quedan pueden sostenerse 10 años más sin venirse abajo. Si los mendigos de la salud, encontraran un poco de luz después de sus necesidades. Si los pagos del sector público ocurrieran puntuales y si tres de las niñas que fueron violadas esta mañana hubiesen podido llegar sanas a su salón de clases. 

De otro modo, prefiero apagar mi celular, mientras se aplaca el terror de un sonido de alarma, un pito, un chillido que ilumine mi pantalla para hablarme de mentiras y naves voladoras. 


Qué asco.






octubre 25, 2008

posdata

Estoy en la oficina. En el sofá. Tengo el libro pequeño de Pameos y otros prosemas en las manos. Me levanté de esa quietud que no es necesariamente cómoda, para darte las gracias de nuevo por estas páginas. Para decirte que aquí todo está solo. Estamos solos. Que hoy te habrías sentido mejor, porque no hay sol afuera. Aunque me han dicho que allá te parece más simpático que el día sea lindo e iluminado. Que a veces me da escalofrío cuando pruebo la comida fría porque en silencio sé que detestabas esa frialdad, esa falta de calor. Que a veces lo irritable del sol me sobrepasa más allá de la herida en los ojos porque tu queja simultánea es un eco en esta ciudad tan brillante. Que soy cuidadosa con las palabras y el idioma. Que todo está deshilado, desajustado y que las sincronías andan escondidas en alguna parte donde el mapa no me llevó. Se empañaron los espejos y se escondieron las ardillas, o cualquier animal peludo que las sustituya. Rompen las aceras hechas para vaciar cemento nuevo sobre aceras vivas, talan árboles y siembran otros crecidos que atan con mecates para obligarlos a vivir. Como si fuese un deber. Una tarea pendiente. Pero es un poro abierto. Un vapor condensado en una olla sin tapa. Visible. Escondido. Porque aquí continúa el riesgo de morir asfixiado por cualquier perfume vulgar a tempranísimas horas. Porque uno no puede esconderse ni siquiera en la mañana. Es que aquí el sol brilla desde temprano y sólo la lluvia nos protege.





a Daniel

octubre 23, 2008

ruf

Ruf en su segundo cumpleaños




Un par de sandalias. Cuatro alfombras de paso. Una toalla del hombre araña. Un billete de 10, un billete de 5 y tres billetes de 2. Un texto de Susan Sontag. Tres cucharas de madera. Una correa de cuero. Muchas piezas de Bionicle. Las carátulas de varios discos de acetato (en las esquinas). Una toalla azul y otra anaranjada. Muchas pantaletas, interiores y medias (incalculable). Cuatro sostenes. Dos camisas. Los cables de: una batidora de mano, un microondas, un extractor de jugo, un cuchillo eléctrico, una tostadora de pan y un batidor de mano. Muchos envases plásticos. Un llavero. Seis cojines. Insectos y otro ser vivo (también del reino animal) que no puedo nombrar. Algunos bordes del rodapié. Un edredón. Cuatro suéteres. Dos carteras. Tres cubiertas de CD. Una unidad de zip. Una bata de baño verde. Muchos sujetadores de cabello. Tres zarcillos. Un cepillo de peinar. Mucho papel higiénico. Un envase de detergente. Trapos de cocina. El control de un televisor. Dos piezas de escrable. Varios coletos. Varios cepillos de barrer. Tres rollos FP4, expuestos. Dos nuevos. Muchos periódicos. El borde de la pared que lleva a la cocina. También el marco de la puerta de esa pared. Muchas correas de paseo. Muchos sujetadores de puerta. Muchas partituras (con sus carpetas). La fórmica de algunas puertas de la cocina. Las patas de un banco de madera. El borde inferior de una biblioteca. Una manguera de aspiradora. Un manual de Canon. Muchas copias 5 x 7. Una taza del osito Winnie. Muchas piezas de lego. Varios lapiceros. Jabón. Una esquina de la guía de Caracas. Un morral escolar. Muchas esquinas de libros diversos. Varios recibos de luz. Muchos tubos de acrílico, varios pinceles y el mango de una gubia (que sepamos). 

Feliz cumpleaños, Ruf.

octubre 20, 2008

la mañana

La ventana está empañada. Dibujo en el cristal y detrás de las gotas un señor me deja ver el tamaño de su aburrimiento. Pienso en su corazón, arrastro las líneas con las manos para mirarlo con claridad. Para decirle con los ojos que no está solo en la agonía del tráfico. La vida desaparece como estas gotas. Mi cabello está largo. Podría tejerlo. Cuento los carros azules y los blancos, pero bastan segundos para confundirme en una hilera infinita de cauchos y bombillos. Todo se detiene al punto que ya las llaves no alcanzan su vaivén sonoro. También me distraigo con los postes y los zamuros detenidos en ellos. No sé cómo soportan el frío del metal mojado. Me distraje en sus patas. Los miré escurrirse con las alas abiertas. Regreso al dibujo en mi ventana. Descubro al señor, resignado. Se sonríe con dolor. No sé si por la gracia de mis dibujos o por el tiempo que estuve mirando hacia arriba. Llevo mi nariz a la ventana. La abandono en el frío de las gotas. Huelo, luego existo. Esa frialdad me acomoda la existencia. La facilita. Me concentro esperanzada, en alguna ráfaga de árbol mojado. No es inmediato, como en mi ciudad. En esta ciudad, que no es la mía, los árboles dilatan el viaje de su tintura. Pobres árboles sin aromas viajeros y sin barbas. Abro un poco la ventana, unas gotas graciosísimas despiertan mi brazo derecho. Simón escucha Deep Purple con volumen preadolescente y repite los acordes y resoluciones. Si pienso, tiemblo. Mejor no pensar. Abro aún más, empieza a mojarse mi cara. Está bien para mis huesos. Cuento un par de carros de colores confusos desde el umbral de mi sueño. Otro zamuro. Otra nube. Otras gotas. No hay sol. Qué adecuado. Smoke on the water.

agosto 21, 2008

psique

Esta piel desconocida
Traje desajustado en la memoria de mi fémur

Adentro
la resonancia de mis células sacude el código que me define
Estiro las manos reconociéndome
recién nacida en mandarinas bautismales
huele a pájaros
huele a cordillera

huele a cilantro en el silencio de mis ojos

junio 06, 2008

apartaderos

te alcanzo con mis manos de neblina
detrás de la luz de la montaña

con los ojos cerrados
sólo acierto el frailejón de la infancia
la piedra helada
el alma blanca de la leche hirviente
que destila vertical hasta los cielos

seguí las lágrimas de esos hilos traslúcidos
mis ojos se cansaron de mirar hacia arriba
desaparecieron, transparentes, en el techo de mi casa

abro los ojos y todo permanece amarillo
no miro los pájaros
pero los sospecho

cierro, esperanzada
en un montón de nubes

espesa neblina
la de mis ojos cerrados

cuánto hay de mí en esta ciudad ajena
de espejos
rota
acontecida


tantas hojas
aún verdes, en mis manos

con ellas te alcanzo



silenciosa

Eugenio Montejo

Eugenio se fue ayer. Para él sus pájaros.





PÁJAROS
Eugenio Montejo




Oigo los pájaros afuera,
otros, no los de ayer que ya perdimos,
los nuevos silbos inocentes.
Y no sé si son pájaros,
si alguien que ya no soy los sigue oyendo
a media vida bajo el sol de la tierra.
Quizás es el deseo de retener su voz salvaje
en la mitad de la estación
antes que de los árboles se alejen.

Alguien que he sido o soy, no sé,
oye o recuerda,
si hay algo real dentro de mí son ellos,
más que yo mismo, más que el sol afuera,
si es musical la fuerza que hace girar el mundo,
no ha habido nunca sino pájaros,
el canto de los pájaros
que nos trae y nos lleva.

Autorretrato

Fotografía: Laura Morales Balza

abril 30, 2008

Noticias

Hay noticias escritas. Las hay orales. Aparecen sin avisarnos y se instalan en nosotros de distintas formas. Unas para hacernos llorar, otras para hacernos reír. Algunas para no hacernos nada. En absoluto. Como llegan, se van. Nada en nuestros cuerpos las detiene. A veces nuestros cuerpos no están listos para algunas noticias. Las rodillas fallan, las habitaciones dan vueltas y nosotros somos un vértigo en descenso. No importa si alguien nos sujeta por los hombros con amor, para decirnos esa noticia terrible. No importa si dice «lo siento» y nos sujeta por los hombros, porque ya al sujetarnos somos una espiral en caída. Es tan humano pensar que es posible soportar todas las noticias.

Pero también hay noticias invisibles. Llegan sigilosas y cuando aparecen estallamos en cosquillas internas. Nos entregamos a la travesura de su aparición silenciosa y dejamos que nos tome por los brazos, el estómago, los ojos y la boca. Muchas veces nos sorprenden con las manos ocupadas. Dormidos o despiertos.

Las que son escritas nos permiten repasarlas. Nuestros ojos nos permiten revivir el dolor o la alegría cuantas veces queramos. Las orales pueden dejarnos en parálisis perpetuas. Queremos volver a la exactitud de su desvelo pero no somos capaces de regresar a las palabras exactas. Y si volvemos a ellas, dudamos de su orden de aparición. Insistimos, en vano, en revivirlas.

No hay terceros días ni resurrecciones para la oralidad de las noticias.

A veces tenemos la fortuna de estar preparados. No sólo físicamente. Preparados desde el corazón. Escuchamos o leemos, y pensamos «está bien, puedo vivir con esto» o «ay, caramba, cómo haré de ahora en adelante». Pero si nosotros estamos sentados, si además de estar sentados somos fuertes, porque nuestros cuerpos nos permiten ser fuertes y nuestros corazones son comedidos... si además de ser comedidos nosotros somos afortunados y tenemos un chocolate cerca, uno que nos permita asirnos duro a su dulzura, con tierna dureza. Un chocolate dulce que resbale por nuestros sentidos cuando recibamos noticias maravillosas... nosotros tendremos parte del sentido ganado. Podremos abrazar y enmudecer. Y si estamos rodeados de seres queridos, no hará falta palabras porque esos corazones entenderán en nuestro dulce silencio que las noticias han llegado. Bastará una que otra mirada para que sepamos que hay razones para saltar y dejar que el corazón palpite.



Tenga cuidado si usted muerde un chocolate y suena su teléfono. Puede ser una de esas noticias orales que se quedan para siempre. Con la certeza de haber llegado para quedarse. Para que nos abracemos a ellas y nos dejemos impresionar. No nos esforcemos en protegernos de la buenaventura de esas noticias. Dejemos las lágrimas salir. Permitamos a nuestros cuerpos y a nuestros corazones un lugar para el latido. Cierre los ojos y tenga certeza, sonría, sea feliz, porque si en sus manos había un chocolate, esa noticia llegó para quedarse.

abril 22, 2008

Para despedirte

Necesité de las cotúas
De los troncos calcinados
del humo en mis pulmones
y de la ceniza
Necesité ese ardor doloroso
Disimular la angustia escondida en el disparo de mis ojos
Buscar respuesta en las imágenes de mis preguntas mudas
Buscarme en los espejos de la infancia
Insistente en el reflejo justo
ausente en la apariencia borrosa
negada —muchas veces
al susto en el estómago
Necesité del perro muerto en la plaza viva
descubrirlo en el cemento
quién sabe qué sueño profundo en sus ojos reventados
qué caminos en sus patas inmóviles
Necesité de un templo lleno con un cura vacío
decapitado y enmudecido hasta la vergüenza
desdoblado en esquizofrénica liturgia
Necesité temblar de miedo debajo del agua de la ducha
...............todo pende, si cierro los ojos
Estallan dentro de mí
centenares de ellas en las ramas oscuras
Me quedé en sus alas y en su vuelo
Miré siempre desde el aire
...............por el aire
...............para el aire
No te vi en las aguas
Latente como te anhelo
no te vi

Insisto en (des)abrazarte

Quito mis brazos
Otra vez

abril 04, 2008

Mínimas palabras

En tus ramas
en tu misterio
en tu regazo amoroso
en tu corazón de fruta 
debajo de tus ojos
en tu esperanza
...............—aún sin terceros días
en tu aliento
en tu palabra
en tu pecho


acógelo

Hora nona

Ayer en la tarde —a tu hora, miraba un libro rojo. En sus páginas también hay pájaros oscuros. Lo compartía, amorosa, mostraba con amor el libro rojo donde debí despedirme en otros tiempos. Decía —mira el mar; estas manchas son de té; mira esta iglesia, la del mar y la del páramo; míralos aquí, en despedida cenital. A tu hora me visitó el amor desde varias páginas amarillas, las mostré sin saber el significado de tanta aparición y sustantivo. Leí en voz alta cómo el Conde y la Princesa de sus ramas partían. Ya habías comenzado a volar y mis dedos hurgaban en los pájaros del papel manchado y los mostraba desde entonces para no hacerlo en soledad. Todo eso a tu hora. Para despedirte.

Espera

¿Habrás llegado, amor?
La sonrisa de Saray te acompaña
y su fe
Su fortaleza de árbol abierto
Lourdes busca en las gavetas de la infancia
saca ropas
niño pequeño
te viste con manos inmensas
Tal vez mira la ventana
como yo
Tal vez se pregunta sin responderse
Sólo pesa el silencio entre los ojos y la ventana ida
No la cierro aún
Ya hay luz detrás del cristal que me mira
Otra vez el sol
qué insistencia planetaria
¿Habrás llegado?

No cierro los ojos





Espero un gesto de las nubes



Así

Te (des)abrazo, amor

Te libero del peso de mis brazos




Urge liviandad para tu viaje

Lo sé

Estuve equivocada

Hay cosas que una imagen no puede contener



Pensé que todo era posible en el disparo
Demasiadas luciérnagas para mi caja oscura

Nada

Esta noche no miro la ventana
la ventana me mira
y en ella
silba el aire

Soy yo
el objeto contemplado

En los espacios horizontales del cristal
finas hebras de frío invisible
deslizan su cuerpo de ceniza invertebrada hasta mi rostro


Dejo abiertos los ojos
y me abrigo

abril 03, 2008

Nada

qué demonio
desata el latigazo
con que los árboles tiemblan aún sin viento
parece que los cielos se cierran por las tardes
esa hora
que temo desde niña
que no es día
no es noche
turbia leche
fuera del pecho materno
despedido desde ahora
roto
incompleto
corazón abierto a la mitad
como sólo las madres soportan
rajado a pedazos
vientre inverso
para que pueda fugarse el amor por las ventanas abiertas
¿o estaban cerradas?
yo arreglaba papeles
en esa insistencia torpe de sentir mi pequeño mundo a la mano
arreglaba papeles sin saber que se cerraban las ventanas
arreglaba papeles
colocaba las imágenes de mis amores en la pared que me acompaña
arreglaba papeles
rompía los ya olvidados
movía
absurda
el desorden necesario para vivir
arreglaba papeles en silencio
sólo la música
a veces
sin pedir permiso
tú te ibas
y yo ordenaba mi mundo
esas imágenes que tenía guardadas
las puse en la pared a tu hora última
tú te ibas
yo llenaba la pared con los ojos de mi hijo
y mis amigos
desde el agua
aparecieron de repente
después de muchos días en la sombra del papel
hoy decidí acompañarme más de lo acostumbrado
menos mal había espacio en la pared
porque a esa hora tú te ibas
y yo me aferraba a mi pared de imágenes vivas
mis ojos saltaron varias veces
largas pausas
en Gabriella y Armando
tanta luz en esas aguas
Dios mío
—pensé durante unos minutos
que verlos allí era como un bautismo escogido para la felicidad
tanto me acompañan en esa pared
desde ese líquido transparente y brillante
y como siempre
varias veces sonreí escondida
mis ojos en la pared
—agradecida
y luego delante de un unicornio acongojado
debí saber en esa silla oscura
que tú te ibas, mi amor
mientras ese unicornio me incomodaba con sus ojos tristes
tú te ibas, mi amor
con tus pies y con tus manos
cuánto temblor ahora en las mías
le habría dicho a mis pájaros que te llevaran
en bandada ruidosa
lejos
mi amor
niño pequeño acostumbrado a las manzanas y la piña
cuánto temblor
enfrentada a ese unicornio
me quejé con Daniel
por tanto existencialismo en ese libro infantil
y tú te ibas, mi amor
habría sido valiente para abrazarte
mis pájaros habrían podido despejar el cielo para ti
lo habría rogado en susurro a pesar de mis vísceras
tú te ibas
niño pequeño
ahora en otros lugares de este lado de la historia
mamá sin voz en su voz apenas erguida
—como jamás
mamá en un hilo transparente
y yo con mil preguntas sin respuestas
como el unicornio
que preparó mi cuerpo para despedirme
vaya tu alma
campanario sonoro en esta bóveda
sólo devuélvele canciones a los pájaros que te alcancen
no mires al unicornio
porque en él sólo hay preguntas
y no necesitas de sus alas para tus respuestas







.

marzo 31, 2008

La chanteuse

Huele a papel. Si abro los ojos pierdo el regalo de adivinar el color. Huelo los bordes, intuyo cuántos libros, cuántas bobinas, cuánto tiempo. En mis manos resulta un paquete pequeño. Formato un treinta y dos incompleto. Pienso en ocres, pero al abrir los ojos un verde pálido aparece. Me pongo seria. Pienso en doscientos veinticuatro páginas, pero me equivoco. Rompo un poco, miro. Me pongo seria: «Dictionaire de musique, Roland de Candé. Microcosme». Mate trescientos gramos sin recubrimiento. Impresión a tres colores por uno, la cubierta. Lomo cuadrado pegado. Edición de mil novecientos sesenta y uno. Abro las páginas y huelo más. Un libro es un universo roto, infinito. La página cuatro nos lleva a Montaigne, nos dice L’ignorance qui estoit naturellement en nous, nous l’avons, par longue estude, confirmée et avérée.

Paso mis ojos por encima de esas letras, detenidamente. Digo en voz alta:

—Mira… como aquello del talento y la probidad.

Sigo mirando. Leo en voz alta, Daniel me mira a ratos desde la computadora. Alterna su atención entre la lectura y la luz de la pantalla.

—Daniel…
—Ajahmm…
—Qué hermoso ¿verdad?
—¿Qué cosa?
—Todo… no sé. El símbolo, la grafía, el bisonte de Altamira… estas letras juntas. Es otro idioma, pero sigue siendo la palabra. La sonata es la sonata. El compás es el compás, lo describe exacto. ¿La cantante?
—Sí.



Daniel miró de nuevo la luz de la pantalla, blanca y brillante. Dejé el libro sobre mí, detallando el dibujo de la luz. Con la misma desperté, otro día, mañana recién llegada por la ventana. Fue difícil salir del sueño. Fue sencillo decir gracias.


Otra vez.

marzo 26, 2008

Aurora

«Por la vía del asombro, lo sagrado vive»

Salvador Pániker




Huelo estas paredes sin musgo y frailejones

Despojada del artificio de la espera
mis manos distendidas
en el aire
De pájaros llenas, de todos los colores
Blanco jardín, mis paredes blancas
Blancas las sombras
Blanco el miedo
Aurora rebelde en mitad de la noche
sueño más pájaros
aquí
........adentro
Cortejo callado de trinos
silenciados, como yo, por el asombro
sólo el silencio me calma
..................................Dios es azul


Cierro los ojos
y sonrío

febrero 14, 2008

BCC 19K

Si usted es usuario de la autopista de Prados del Este, tenga cuidado. Es posible que alguna de estas mañanas ronde cerca de usted una camioneta azul celeste, que de celestial no tiene nada, ni de bóveda de estrellas, ni de acaparadora de buenos deseos, ni de coroto para quedarse mirando y distraerse.

Hay conductores felices. Uno puede reconocerlos a través del cristal porque sus ojos parecen vivos a pesar del caos y el infierno. Los hay que se mueven al ritmo de sus músicas misteriosas si uno los observa un rato, y los ve bailar al ritmo de lo que escuchan sólo para ellos. Los hay más altruistas, peludos y jóvenes, que comparten sus decibeles y sus canciones ventanas abajo, y de vez en cuando voltean para constatar que usted se ha percatado de sus bajos y su buen gusto.

Otros conductores se mimetizan con el ánimo de los carros más inmediatos. Si usted está triste porque ha pasado más de media hora y sólo pudo avanzar cuatro metros, usted se descompensa un poco, se hunde en su asiento pensando en las cosas por hacer, se rebaja un poco en ese cojín donde pasa tantas horas y se acongoja. Puede ser que al voltear un poco la mirada usted consiga un rostro triste asintiendo desde el otro lado del cristal, que es verdad… que es doloroso pasar tanto rato allí dentro. Asiente con compasión y cuando avanza un poco la hilera de carros detenida, se despiden cómplices, compañeros de tragedia matutina, seguramente sin desayuno, apurados, con algo de sueño.

Existen también los acompañantes de los conductores, esos que muchas veces van lánguidos en la espera. Los que tienen más tiempo de despedirse de usted si los mira mucho rato. Los niños son los más atentos. A veces dejan colar miradas de soporte y uno cree ser capaz de soportar diez hileras más de peceras con ruedas. A veces, niñas con sus lazos lustrosos y peinados perfectos y uniformes y suéteres para estos climas tan indecisos, se despiden desde la parte de atrás del cristal con verdaderos gestos de despedida. Dicen adiós insistentes, con sus manos, y miran a los ojos. Miran a los ojos.

Pero si una mañana no hay seres con esos ojos y esos corazones, tenga cuidado. Puede aparecer esta camioneta BCC 19K con su conductora estrella. Esa especie de ídolo huesudo y trasnochado de vozarrón profundo capaz de proferir cosas horribles a través de esa boca incapaz de sonreír. Lo digo con propiedad, sé que no sonríe, porque además de encargarse de entristecer a todos en la cola, no contesta los buenos días, no mira a los ojos, no se despide, no dice permiso. Yo pensé que sólo era capaz de entristecer en los ascensores o en los pasillos. Pero no… hoy supe que entristece a lo largo de su paso, no importa si camina, o conduce.

Esta advertencia no es para evitar un rayón en su carro, un pequeño choque, no. Es para que usted se salve de mirar tanto gris, porque puede ponerse triste. Puede ser difícil después recuperar el aliento y concentrarse otra vez en las cosas buenas. Puede dejar de ver las nubes, los árboles secos y los verdes, los niños en las ventanas. Puede olvidarse de detallar la luz. No se arriesgue, no. Si usted ve aparecer esa camioneta BCC 19K, y desde ella alguien baja el vidrio para proferir ademanes y gestos, gritar con voz de bajo ruso y señalarlo con largos dedos… tenga pericia. Sea ágil y suba rápido el vidrio de la ventana. Suba un poco el volumen de su música favorita, recite un poema, concéntrese en los pájaros. Invente palabras, piense en BCC sin la bruja adentro. Imagínese cuántas palabras puede pensar: bactericida, bucólico (esta es linda), bicoca, blancuzco. Hágase un camino de palabras y transite sereno, porque esas siglas deben dejarse pasar con sus seres dentro. Con entereza. Con certeza de que no abundan. Sería imposible que abundaran ¿cómo abundarían? si hay más niñas con lazos que se despiden de usted, niños que muestran sus juguetes para compartirlos, aún adormilados y distantes; gente capaz de no descargar su miseria encima aunque exista detrás enfermedad, angustia, soledad, terror. Dígale adiós con gallardía. Sea valiente, despídase aunque ella insista en dejarle un poco de su oscura gana. Diga adiós. Insista usted también en despedirse. Adiós, adiós…