agosto 09, 2009

la música

Para existir
no necesita de la luz
.....ni de las formas

carece de cuerpo, de carne
de osamenta


Materia sin sombras
Sobreviviente de las lunas y soles de los siglos
el tiempo transcurrido no importa a su invisible aurora



Le basta el pecho desnudo 
.....el corazón abierto

la luz encendida en el hogar del ciego



El temblor del rincón deshabitado
por la transparencia de su grito





agosto 08, 2009

hallazgo

Asombra el trozo de pan

la lluvia
los pájaros sorprendidos
el brote de cilantro

La nube luminosa
el agua
la semilla

La luz detrás de la montaña



(no está en el borde, la belleza)



agosto 03, 2009

oscura luz

Ver
simplemente con los ojos
.....con las manos
.....con el corazón


Anticipar el hallazgo
sostenerlo en el aliento del latido

Contemplarlo desde adentro
hasta tallarlo en los mapas de la piel


No es la fe lo que ejecuta el milagro
es la noche 
y su poder de luces encendidas





a Gabriella Di Stefano
a Beto Gutiérrez
a Javier Téllez

( por la comunión )




Fotografía: Laura Morales Balza


julio 30, 2009

Breve diccionario de Tomás

derramar
verbo transitivo



Abrazar el tronco del árbol
trepar hasta sus ramas más altas
Separar sus tallos con ayuda de los pájaros
que sueñen pintar de verde el horizonte de la tierra
 

nido

La lluvia no dijo mi nombre


julio 28, 2009

el descenso

No está en el pájaro la palabra
pero sí la esperanza de nido



Existe una luz imprescindible para la memoria
—llegué tarde a la misa de los valientes—
llegué para verle temblar de frío
para verle mirar hacia arriba con ojos llenos de fe

llegué para verle no-volar
plumaje estatuario erguido delante del hocico de los perros

Apuré mi paso hasta el umbral de los demonios
rogando chaguaramo     yagrumo     hojarasca







julio 20, 2009

(...)

Sicut erat in principio et nunc et semper


Y ahora el silencio
o el susurro

No está en mi boca
la voz


Está en la hierbabuena triturada en el puño de mi mano
en las piedras de mi río
en mi montaña

Está en el silencio del principio
....—ahora y siempre—

julio 07, 2009

imagen

Desde la luz
desde la oscuridad

desde el mínimo orificio 
......—ventana circular
......para observar el mundo—

......todo disparo es un latido





a Mauricio

junio 16, 2009

flores de mayo

Amarré tu corazón a la tierra con ramas de cilantro y flores blancas. Le dije a los niños del pueblo que brotarían canciones, que serían frecuentes los pájaros y que las nubes estarían bajas para dejarnos su fragancia de río. Debemos esperar con los ojos quietos que amanezcan soles de colores y los árboles sacudan sus verdes encima de la tierra. Es la hora del poema. 

El tiempo del poema.






a Otilio Galíndez

canción

Escucho las nubes
Escucho los pájaros

Entre las sombras
titila
.........triste
la claridad del día



He insistido tantas veces en el azul de Dios
y esta mañana despierta su sombra celeste 
cavando espacio húmedo para tus huesos

debe ser dulce 
la tristeza del campo






a Otilio Galíndez


mayo 30, 2009

temporal

En mi caja negra 
se esconden
unos paisajitos 
tan paisajitos 

que son diminutos para los ojos del amor



Ciega, los protejo de las lluvias y el mal tiempo


—hasta que escampe—

mayo 19, 2009

cuaderno de notas

mapa:
olvido instantáneo
gran memoria para olvidar

misma tensión singular
diapositiva ektachrome 64 asa
negativo

color

luz del día

¿por qué?

¿para qué?

Britney Spears, y los nuevos talentos venezolanos

Me sorprende la capacidad que tienen algunas emisoras y medios de comunicación para hablar de Britney Spears y poner canciones repetidas, una detrás de la otra, mientras una vía importante de la ciudad de Caracas está cerrada por simpatizantes de hugo —todo en minúsculas— y los ciudadanos no saben qué ocurre, ni qué vía tomar. 

Qué raro que estos venezolanos no le pararon el tráfico a diosdado cabello, ni le manifestaron a barreto ni fueron a un «aló presidente» a colgarse de las rejas para pedir casa. 

Sigamos con el «encantamiento». 

La mentira se volvió verdad. De tanto repetirla. 


Es complejo.


¡!

abril 11, 2009

Breve diccionario de Tomás

cáscara
nombre femenino



Vestido de los árboles
Piel que quitamos de las cosas para entrar al corazón

Breve diccionario de Tomás

bruma
nombre femenino



Cielo muñido de los peces
Nubes transparentes sobre el mar
Cosmos marino

La letra b

En la cama. En la mañana. Cómplices.


—Mi amor, dime una palabra linda que empiece con «b»
—¿Por cuál razón?
—Simón... es sólo eso, dime una palabra linda que empiece con «b»
—Bribón




de «Historias mínimas de un niño despierto»

Breve diccionario de Tomás

alborada
nombre femenino



Hilo blanco en la sombra
primera sonrisa del día
Atisbo de sol en el horizonte
Luz dibujada por el vuelo del primer pájaro
cuando el día nació

abril

Brotas en las mañanas. Me sorprendes en el pasillo de los dormidos con la infancia encima. Apareces y la dejas en el aire. La tomo y me sonrío mientras el sueño se despide de mis huesos. La huelo, me dejo en ella y te miro llegar, delgado, hasta mis brazos. Pero la mañana es fugaz. No se queda en el silbido de la madrugada. Despertar es un oficio costoso. Sucumbir es imposible. La mañana es breve. No se aloja en mis manos para extenderla larguísima hasta la hora del miedo. No importa qué día, todas las mañanas me convences de estar y ser. Y yo te creo. Llego de puntillas contigo cerca. Hago señas para que el mundo sepa que todo es una confusión estúpida, pero no lo es. La hora nona nos quita lo dormido y lo soñado. Sale el sol y su rayo nos raja para despertarnos en los huesos y en la carne. Arde entonces un dolor salado, porque abro los ojos lejos de donde nacimos. Te extraño en el pan y en la leche. De día y de noche. Te extraño en el corazón de quienes te extrañan. En la estancia de los despiertos me rebelo en silencio. El final de la tarde es insostenible para mi cuerpo y para todos los edificios y nubes de esta ciudad. Todo se viene abajo. Sigo los pasos de mis latidos. Mis latidos son mis pasos. Es abril, amor. Es abril. 




a Gustavo Ernesto Mesa Balza

marzo 28, 2009

Caracas postal | Chacaíto

Fotografía: Laura Morales Balza

Calle El Parque, Edificio Isabel. Chacaíto, Caracas.

marzo 25, 2009

Yo soy Simón

Fotografía: Laura Morales Balza

Caracas postal | Chuao

Fotografía: Laura Morales Balza

Cubo Negro de Chuao, Caracas

marzo 11, 2009

o no ser

Ni árboles, ni pájaros

Sueño tiempos largos
sin corteza por velo encima de los huesos

sueño a color
para extrañeza de mi videncia claroscura

Largas horas-segundos del tamaño de las pelusas de mi cobija
que al despertar
son mundos del tamaño del mundo


—con su pesada rueca giratoria—
Fotografía: Laura Morales Balza

El Silencio, Caracas.

marzo 05, 2009

marzo 02, 2009

Invierno

Una mujer sostiene sus pasos
en blancas esferas de nieve y mal tiempo

Llegan sus trazos de territorio sin orilla
en un mapa ya gastado de tanta historia

Llegan, salados, en callado rumor
.....apenas perceptibles en las olas



—hay mal tiempo afuera—


Una mujer está bajo el amparo de la calma








marzo 01, 2009

Estado del tiempo

Por sagradas
destilaron las gotas en las aguas

Saltaron del rincón oscuro
donde habita el frío

Ornamentaron mi sueño liviano
Llenaron de color la puerta de salida
.....por sospechar que había sol


En su lugar la ventana se quedó sin pájaros
y todas las nubes se vaciaron dentro de la sala


Afuera
brotan mapas rotos en la nieve


Llueven 
.....delgadas 
las gotas 
en el territorio





febrero 28, 2009

La duda

¿Puede la transparencia desaparecer?

¿Escurrirse
huidiza
detrás del hallazgo?


La transparencia es afanosa
Raja el cristalino de mis ojos con afilado invierno


Desaparece
.....tarde
.....y
.....temprano

disfraz de nieve 
en la ruta de los desaparecidos



febrero 23, 2009

Caracas postal | Chuao

Fotografía: Laura Morales Balza

febrero 16, 2009

CCS 01 | Baruta

Fotografía: Laura Morales Balza




Caracas. Rápido. Como aparece, como se deja ver. Sin nombre aún, a ver si nos entendemos. 

La máquina

máquina
nombre femenino

1
Objeto fabricado y compuesto por un conjunto de piezas ajustadas entre sí que se usa para facilitar o realizar un trabajo determinado, generalmente transformando una forma de energía en movimiento o trabajo: una máquina de coser; una máquina de vapor; una máquina de fotografiar; una máquina de escribir; una máquina registradora; la industria evolucionó a pasos agigantados el día que las máquinas se incorporaron a la producción.

2
Parte del ferrocarril provista de motor que mueve o arrastra los vagones: cuando la máquina dejó de silbar llegó el traqueteo de los vagones sobre la vía férrea.

3
Aparato eléctrico o electrónico que se acciona al introducir una moneda y sirve para jugar: una máquina tragaperras; jugar a las máquinas.

4
Conjunto de mecanismos que sirven en el teatro para efectuar los cambios de decorado y efectos especiales: el encargado de la máquina advirtió que el decorado del segundo acto se había averiado y no bajaba del techo.

5
Conjunto de elementos ordenados entre sí que forman un todo: la máquina del universo se mueve de forma muy precisa; durante este tiempo tu madre, rueda catalina de la máquina palaciega, permaneció en la corte junto a la reina.

6
Persona que tiene gran capacidad y facilidad para realizar alguna actividad de forma brillante y eficaz: aquel hombre era una máquina portentosa de hilvanar versos.



(...)



Todo corazón detiene su latido. El mío. El de todos. 

Que el corazón cese en sus latidos, forma parte de la naturaleza imperfecta del hombre.

Confirmo: somos seres finitos.




ST | Héroe caído

Fotografía: Laura Morales Balza

ST | Héroes caídos

Fotografía: Laura Morales Balza

febrero 09, 2009

variaciones

Devuelvo mis pasos

Tambaleante
demoro el reconocimiento de mi piel
La fraguada espera
sin infancias ni aparecidos

Me abandono pájaro
.......reptil
.......pez
—es lo natural en aves sin asombros—



volver a oscuras
perpleja
—no sospecho de la rama y su temblor de mundo en miniatura—




 

enero 19, 2009

ascuas

Largas ramas
aún sujetas de los troncos
Ni los insectos 
ni las hojas
complementan tu intención de suelo

El agua en la corteza
es pura caridad cósmica


dádiva sutil para el asombro
que llega de ojos cerrados


corpúsculo

En tu pupila sin luces
Tu plumaje seco
tu trino

escribo minerales de la tierra
cuento las ramas de tus árboles
mientras caes
finito
amarillos abajo
y negros desaparecidos

Sueño nebulosas insignificantes

Pienso en la vida con ternura en los párpados
mientras caes desde las alturas
donde estuvo Dios





diciembre 23, 2008

santa rosa

mi estómago rehusa mirarte a los ojos

no lo haré detrás de las rejillas
o de mi memoria

lo haré de frente
de ojos, estómago y riñón abiertos


los días
rehogados con claridad
en cada una de sus lunas
.....las dulces y las amargas
también se sentarán a la mesa


así lo hará el amor
vestido con gasas reiformes


voy a sujetarme de la taza
.....con las manos limpias


.
.
.
.
.
.

diciembre 22, 2008

abril reminiscente

desde este lado de la vida
advierto mayúsculo el asombro

mañana
después de la agonía de la tarde
de nuevo entraré en la casa donde fuimos 


mi cuerpo se ablanda de temores 
desde el más largo de mis cabellos despeinados
hasta las falanges de mis dedos contraídos
baja
por mi espalda
por cada una de mis vértebras
mi fe de niña pequeña

hueso por hueso
oración por oración

espero hallarte en las frutas de la casa




allí 
donde el dulzor florece

.
.
.
.
.
.

diciembre 03, 2008

abril

Fotografía: Laura Morales Balza

diciembre 02, 2008

Marguerite y la tijera barroca

a marianto





No huele a amoníaco. Huele a Vivaldi. Hay libros además de revistas, y no sólo hay libros sino que entre esos libros está Yourcenar —esta vez irónica y sonreída— diciéndome ¿ves? te vas a sentar aquí, sin chistar, con cara temeraria y valiente y vas a dejar que la tijera se escuche aunque yo luzca como una aparición en un espacio imprevisto. Vas a quedarte en mis páginas de historias orientales porque es coherente con la vida. Estas son las sincronías que importan, las demás puedes dejarlas pasar sin irte con ellas. No son relevantes.

Siempre alivia el agua los silencios más callados. Nada es excesivo ni ornamentado con exageración sobre todo cuando ha sido tan esperado. Ni las paredes están recubiertas, ni cuelgan telas brillantes desde el techo. Esa desnudez fue un buen síntoma, una pared desnuda siempre es bienvenida. Una pared incolora e inofensiva bien podría caerse encima sin maltratar a nadie. Más si de ella pende un moriche simbólico y soterrado hasta el ardor. También allí la infancia.

No era sólo el aroma a Vivaldi, era el Gloria en tono esplendoroso. Revivir mi primer acercamiento a una música que estuvo callada por tantísimos años. Está bien, Marguerite, recibo la sincronía de tus historias. La realidad dentro del sueño, el mito encantado y todas tus palabras. Delante de tus páginas me permito cerrar los ojos un instante, para que lleguen los pájaros desde lejos. Abandono tu Grecia y los Balcanes de Japón para quedarme en India. Poco más que despierta.

(…)

No fueron necesarias las rutas ni los mapas.

Mi papel quedó guardado en el bolsillo. De él me sujeté. Fue un viaje sencillo de asumir: ven.

Voy.

.
.
.
.
.
.
.

noviembre 10, 2008

lunes, 8 pm

Agito las manos en las claras heladas y pegajosas. Rompo los tallos del cilantro queriendo ser tallo o aroma. Vigilo el gusto de sus venas desde la punta de mi nariz hasta detrás de mi cuello. Reposa donde comienza mi cabello al terminar mi espalda. Huelo allí. Su verde sabe advertirme y calmarme. Siento pena por el perejil, porque nunca podrá sacarme de mis casillas de esta manera. Nunca, como el cilantro estrujado y humedecido. Entrecruzo los dedos rogando pausa en mi delirio. Ahuyento el miedo y pongo la vida transcurrida debajo de mis pies. Si estoy descalza, existo. Dejo mis ojos en la sal con deseo ancestral y onírico, pero sé de su suerte y me espanta dejarla escurrir entre mis dedos. No quiero sales, ni cruces, ni oraciones crujientes. Un cielo, tal vez. Una ventana. Una piedra demoledora. Un cuchillo. Un vaso. El fuego desapareció y yo pensaba y pensaba mientras el río se llevó mis peces. Tiemblo de frío. Miro mis pies, mitad derecho, mitad izquierdo. Ellos me sospechan inmóvil, si me muevo, la vida vivida huirá por la puerta sellada. En otras vidas quise ser pájaro, pero no pude. Si me muevo, pierdo. Si me muevo, muero. Quedan las cáscaras. Quedan sus nidos sordos. Volver al hueco oval de los principios. Uno, dos, tres.

espera

No está en la tibieza del pan
no está en tu voz
ni en el murmullo de los niños pequeños de la plaza

No está en el asiento frío
que mira pasar cabellos despeinados y oscuros

No está en la visita del extraño
de voz inexplicable y lejana

No está en el clima
ni en las respuestas de preguntas adecuadas
Ni en la hora


Está en las raíces ocultas muchos metros bajo tierra
Sin palabras
—porque las palabras no existen todavía—
Vistiendo quién sabe qué ropas

qué tesoros

Escondidas del temblor
que insiste filoso en las grietas de su escondite



Todas las mañanas
la luz es un filo que raja su enredadera

encantamiento

El texto y las imágenes: para guardarlos dentro. Cierro mis ojos para que no se escapen. 

José, querido... hay un punto que trasciende el universo personal y hace que se aloje en el imaginario de muchas individualidades. En este mundo tan dado a lo instantáneo, es especial encontrar que retengas el tiempo y tus afectos en este modo. Estas imágenes se revelan con vida propia. Me atrapan por su realidad. Por lo pulcro y artístico —en sentido estético— de todos tus sujetos y la fuerza desde ellos. Todo lo que me llega desde sus ojos, quiero quedármelo. Gracias por hacer pública sus existencias. Piensa en el tiempo... ojalá la vida nos dé tiempo para mirarlas en retrospectiva, cuando los días hayan pasado callados, ellas hablarán desde su instante. 


Abrazo, desde mi encantamiento


Laura



Fotografías: José Ramírez






Tomado, sin permiso de: http://tempusloquendi.blogspot.com/

octubre 30, 2008

en la mensajería

«Desde Movilnet orgullos@s por el lanzamiento VENESAT-1 Simon Bolivar: colocamos la estrella de soberania y salimos de nuestra frontera para liberar pueblos»


Recibí este mensaje «apolítico» de esta empresa de comunicaciones. Nauseabundo. Ahora utilizan las plataformas de comunicación de las empresas que han colocado bajo su ala. Dicen colocar una estrella de ¿soberanía?. Lo que no colocaron fue los acentos. Tampoco colocan verdad. Ni liberan del hambre, el delito y la muerte al pueblo que tanto mientan.

No deberían hacer estas cosas. Es peligroso. Repugnante. Mi celular es de uso personal. Si yo estiro mi brazo para apagar la radio o el televisor porque es mi elección no escuchar los delirios del presidente ¿por qué tengo que recibir estos mensajes, como si me hubiese inscrito en un grupo, una lista, un club de interesados en la liberación de los pueblos?

Ahora los delitos son abundantes y siniestros. Aparte de los secuestros, aparecen cuerpos decapitados, con la misma simplicidad que tiene conseguir un cachito de jamón en cualquier panadería. Es asible. Normal. No es extraordinario. Es que los venezolanos somos «simpáticos» y «amables». Nada supera la «dulzura» y «carisma» de un venezolano. Somos un pan. Un pozo de virtudes y educación. Todos. Basta salir a la calle para comprobar la disposición que tenemos hacia el otro. El desprendimiento. 

No entiendo esta libertad de cárcel diaria. De imposibilidad, hambre, miedo, frustración, fracaso. Me interesaría un poco el satélite soberano si los hospitales que quedan pueden sostenerse 10 años más sin venirse abajo. Si los mendigos de la salud, encontraran un poco de luz después de sus necesidades. Si los pagos del sector público ocurrieran puntuales y si tres de las niñas que fueron violadas esta mañana hubiesen podido llegar sanas a su salón de clases. 

De otro modo, prefiero apagar mi celular, mientras se aplaca el terror de un sonido de alarma, un pito, un chillido que ilumine mi pantalla para hablarme de mentiras y naves voladoras. 


Qué asco.






octubre 25, 2008

posdata

Estoy en la oficina. En el sofá. Tengo el libro pequeño de Pameos y otros prosemas en las manos. Me levanté de esa quietud que no es necesariamente cómoda, para darte las gracias de nuevo por estas páginas. Para decirte que aquí todo está solo. Estamos solos. Que hoy te habrías sentido mejor, porque no hay sol afuera. Aunque me han dicho que allá te parece más simpático que el día sea lindo e iluminado. Que a veces me da escalofrío cuando pruebo la comida fría porque en silencio sé que detestabas esa frialdad, esa falta de calor. Que a veces lo irritable del sol me sobrepasa más allá de la herida en los ojos porque tu queja simultánea es un eco en esta ciudad tan brillante. Que soy cuidadosa con las palabras y el idioma. Que todo está deshilado, desajustado y que las sincronías andan escondidas en alguna parte donde el mapa no me llevó. Se empañaron los espejos y se escondieron las ardillas, o cualquier animal peludo que las sustituya. Rompen las aceras hechas para vaciar cemento nuevo sobre aceras vivas, talan árboles y siembran otros crecidos que atan con mecates para obligarlos a vivir. Como si fuese un deber. Una tarea pendiente. Pero es un poro abierto. Un vapor condensado en una olla sin tapa. Visible. Escondido. Porque aquí continúa el riesgo de morir asfixiado por cualquier perfume vulgar a tempranísimas horas. Porque uno no puede esconderse ni siquiera en la mañana. Es que aquí el sol brilla desde temprano y sólo la lluvia nos protege.





a Daniel

octubre 23, 2008

ruf

Ruf en su segundo cumpleaños




Un par de sandalias. Cuatro alfombras de paso. Una toalla del hombre araña. Un billete de 10, un billete de 5 y tres billetes de 2. Un texto de Susan Sontag. Tres cucharas de madera. Una correa de cuero. Muchas piezas de Bionicle. Las carátulas de varios discos de acetato (en las esquinas). Una toalla azul y otra anaranjada. Muchas pantaletas, interiores y medias (incalculable). Cuatro sostenes. Dos camisas. Los cables de: una batidora de mano, un microondas, un extractor de jugo, un cuchillo eléctrico, una tostadora de pan y un batidor de mano. Muchos envases plásticos. Un llavero. Seis cojines. Insectos y otro ser vivo (también del reino animal) que no puedo nombrar. Algunos bordes del rodapié. Un edredón. Cuatro suéteres. Dos carteras. Tres cubiertas de CD. Una unidad de zip. Una bata de baño verde. Muchos sujetadores de cabello. Tres zarcillos. Un cepillo de peinar. Mucho papel higiénico. Un envase de detergente. Trapos de cocina. El control de un televisor. Dos piezas de escrable. Varios coletos. Varios cepillos de barrer. Tres rollos FP4, expuestos. Dos nuevos. Muchos periódicos. El borde de la pared que lleva a la cocina. También el marco de la puerta de esa pared. Muchas correas de paseo. Muchos sujetadores de puerta. Muchas partituras (con sus carpetas). La fórmica de algunas puertas de la cocina. Las patas de un banco de madera. El borde inferior de una biblioteca. Una manguera de aspiradora. Un manual de Canon. Muchas copias 5 x 7. Una taza del osito Winnie. Muchas piezas de lego. Varios lapiceros. Jabón. Una esquina de la guía de Caracas. Un morral escolar. Muchas esquinas de libros diversos. Varios recibos de luz. Muchos tubos de acrílico, varios pinceles y el mango de una gubia (que sepamos). 

Feliz cumpleaños, Ruf.

octubre 20, 2008

la mañana

La ventana está empañada. Dibujo en el cristal y detrás de las gotas un señor me deja ver el tamaño de su aburrimiento. Pienso en su corazón, arrastro las líneas con las manos para mirarlo con claridad. Para decirle con los ojos que no está solo en la agonía del tráfico. La vida desaparece como estas gotas. Mi cabello está largo. Podría tejerlo. Cuento los carros azules y los blancos, pero bastan segundos para confundirme en una hilera infinita de cauchos y bombillos. Todo se detiene al punto que ya las llaves no alcanzan su vaivén sonoro. También me distraigo con los postes y los zamuros detenidos en ellos. No sé cómo soportan el frío del metal mojado. Me distraje en sus patas. Los miré escurrirse con las alas abiertas. Regreso al dibujo en mi ventana. Descubro al señor, resignado. Se sonríe con dolor. No sé si por la gracia de mis dibujos o por el tiempo que estuve mirando hacia arriba. Llevo mi nariz a la ventana. La abandono en el frío de las gotas. Huelo, luego existo. Esa frialdad me acomoda la existencia. La facilita. Me concentro esperanzada, en alguna ráfaga de árbol mojado. No es inmediato, como en mi ciudad. En esta ciudad, que no es la mía, los árboles dilatan el viaje de su tintura. Pobres árboles sin aromas viajeros y sin barbas. Abro un poco la ventana, unas gotas graciosísimas despiertan mi brazo derecho. Simón escucha Deep Purple con volumen preadolescente y repite los acordes y resoluciones. Si pienso, tiemblo. Mejor no pensar. Abro aún más, empieza a mojarse mi cara. Está bien para mis huesos. Cuento un par de carros de colores confusos desde el umbral de mi sueño. Otro zamuro. Otra nube. Otras gotas. No hay sol. Qué adecuado. Smoke on the water.

agosto 21, 2008

psique

Esta piel desconocida
Traje desajustado en la memoria de mi fémur

Adentro
la resonancia de mis células sacude el código que me define
Estiro las manos reconociéndome
recién nacida en mandarinas bautismales
huele a pájaros
huele a cordillera

huele a cilantro en el silencio de mis ojos

junio 06, 2008

apartaderos

te alcanzo con mis manos de neblina
detrás de la luz de la montaña

con los ojos cerrados
sólo acierto el frailejón de la infancia
la piedra helada
el alma blanca de la leche hirviente
que destila vertical hasta los cielos

seguí las lágrimas de esos hilos traslúcidos
mis ojos se cansaron de mirar hacia arriba
desaparecieron, transparentes, en el techo de mi casa

abro los ojos y todo permanece amarillo
no miro los pájaros
pero los sospecho

cierro, esperanzada
en un montón de nubes

espesa neblina
la de mis ojos cerrados

cuánto hay de mí en esta ciudad ajena
de espejos
rota
acontecida


tantas hojas
aún verdes, en mis manos

con ellas te alcanzo



silenciosa

Eugenio Montejo

Eugenio se fue ayer. Para él sus pájaros.





PÁJAROS
Eugenio Montejo




Oigo los pájaros afuera,
otros, no los de ayer que ya perdimos,
los nuevos silbos inocentes.
Y no sé si son pájaros,
si alguien que ya no soy los sigue oyendo
a media vida bajo el sol de la tierra.
Quizás es el deseo de retener su voz salvaje
en la mitad de la estación
antes que de los árboles se alejen.

Alguien que he sido o soy, no sé,
oye o recuerda,
si hay algo real dentro de mí son ellos,
más que yo mismo, más que el sol afuera,
si es musical la fuerza que hace girar el mundo,
no ha habido nunca sino pájaros,
el canto de los pájaros
que nos trae y nos lleva.

Autorretrato

Fotografía: Laura Morales Balza

abril 30, 2008

Noticias

Hay noticias escritas. Las hay orales. Aparecen sin avisarnos y se instalan en nosotros de distintas formas. Unas para hacernos llorar, otras para hacernos reír. Algunas para no hacernos nada. En absoluto. Como llegan, se van. Nada en nuestros cuerpos las detiene. A veces nuestros cuerpos no están listos para algunas noticias. Las rodillas fallan, las habitaciones dan vueltas y nosotros somos un vértigo en descenso. No importa si alguien nos sujeta por los hombros con amor, para decirnos esa noticia terrible. No importa si dice «lo siento» y nos sujeta por los hombros, porque ya al sujetarnos somos una espiral en caída. Es tan humano pensar que es posible soportar todas las noticias.

Pero también hay noticias invisibles. Llegan sigilosas y cuando aparecen estallamos en cosquillas internas. Nos entregamos a la travesura de su aparición silenciosa y dejamos que nos tome por los brazos, el estómago, los ojos y la boca. Muchas veces nos sorprenden con las manos ocupadas. Dormidos o despiertos.

Las que son escritas nos permiten repasarlas. Nuestros ojos nos permiten revivir el dolor o la alegría cuantas veces queramos. Las orales pueden dejarnos en parálisis perpetuas. Queremos volver a la exactitud de su desvelo pero no somos capaces de regresar a las palabras exactas. Y si volvemos a ellas, dudamos de su orden de aparición. Insistimos, en vano, en revivirlas.

No hay terceros días ni resurrecciones para la oralidad de las noticias.

A veces tenemos la fortuna de estar preparados. No sólo físicamente. Preparados desde el corazón. Escuchamos o leemos, y pensamos «está bien, puedo vivir con esto» o «ay, caramba, cómo haré de ahora en adelante». Pero si nosotros estamos sentados, si además de estar sentados somos fuertes, porque nuestros cuerpos nos permiten ser fuertes y nuestros corazones son comedidos... si además de ser comedidos nosotros somos afortunados y tenemos un chocolate cerca, uno que nos permita asirnos duro a su dulzura, con tierna dureza. Un chocolate dulce que resbale por nuestros sentidos cuando recibamos noticias maravillosas... nosotros tendremos parte del sentido ganado. Podremos abrazar y enmudecer. Y si estamos rodeados de seres queridos, no hará falta palabras porque esos corazones entenderán en nuestro dulce silencio que las noticias han llegado. Bastará una que otra mirada para que sepamos que hay razones para saltar y dejar que el corazón palpite.



Tenga cuidado si usted muerde un chocolate y suena su teléfono. Puede ser una de esas noticias orales que se quedan para siempre. Con la certeza de haber llegado para quedarse. Para que nos abracemos a ellas y nos dejemos impresionar. No nos esforcemos en protegernos de la buenaventura de esas noticias. Dejemos las lágrimas salir. Permitamos a nuestros cuerpos y a nuestros corazones un lugar para el latido. Cierre los ojos y tenga certeza, sonría, sea feliz, porque si en sus manos había un chocolate, esa noticia llegó para quedarse.

abril 22, 2008

Para despedirte

Necesité de las cotúas
De los troncos calcinados
del humo en mis pulmones
y de la ceniza
Necesité ese ardor doloroso
Disimular la angustia escondida en el disparo de mis ojos
Buscar respuesta en las imágenes de mis preguntas mudas
Buscarme en los espejos de la infancia
Insistente en el reflejo justo
ausente en la apariencia borrosa
negada —muchas veces
al susto en el estómago
Necesité del perro muerto en la plaza viva
descubrirlo en el cemento
quién sabe qué sueño profundo en sus ojos reventados
qué caminos en sus patas inmóviles
Necesité de un templo lleno con un cura vacío
decapitado y enmudecido hasta la vergüenza
desdoblado en esquizofrénica liturgia
Necesité temblar de miedo debajo del agua de la ducha
...............todo pende, si cierro los ojos
Estallan dentro de mí
centenares de ellas en las ramas oscuras
Me quedé en sus alas y en su vuelo
Miré siempre desde el aire
...............por el aire
...............para el aire
No te vi en las aguas
Latente como te anhelo
no te vi

Insisto en (des)abrazarte

Quito mis brazos
Otra vez

abril 04, 2008

Mínimas palabras

En tus ramas
en tu misterio
en tu regazo amoroso
en tu corazón de fruta 
debajo de tus ojos
en tu esperanza
...............—aún sin terceros días
en tu aliento
en tu palabra
en tu pecho


acógelo

Hora nona

Ayer en la tarde —a tu hora, miraba un libro rojo. En sus páginas también hay pájaros oscuros. Lo compartía, amorosa, mostraba con amor el libro rojo donde debí despedirme en otros tiempos. Decía —mira el mar; estas manchas son de té; mira esta iglesia, la del mar y la del páramo; míralos aquí, en despedida cenital. A tu hora me visitó el amor desde varias páginas amarillas, las mostré sin saber el significado de tanta aparición y sustantivo. Leí en voz alta cómo el Conde y la Princesa de sus ramas partían. Ya habías comenzado a volar y mis dedos hurgaban en los pájaros del papel manchado y los mostraba desde entonces para no hacerlo en soledad. Todo eso a tu hora. Para despedirte.

Espera

¿Habrás llegado, amor?
La sonrisa de Saray te acompaña
y su fe
Su fortaleza de árbol abierto
Lourdes busca en las gavetas de la infancia
saca ropas
niño pequeño
te viste con manos inmensas
Tal vez mira la ventana
como yo
Tal vez se pregunta sin responderse
Sólo pesa el silencio entre los ojos y la ventana ida
No la cierro aún
Ya hay luz detrás del cristal que me mira
Otra vez el sol
qué insistencia planetaria
¿Habrás llegado?

No cierro los ojos





Espero un gesto de las nubes



Así

Te (des)abrazo, amor

Te libero del peso de mis brazos




Urge liviandad para tu viaje

Lo sé

Estuve equivocada

Hay cosas que una imagen no puede contener



Pensé que todo era posible en el disparo
Demasiadas luciérnagas para mi caja oscura

Nada

Esta noche no miro la ventana
la ventana me mira
y en ella
silba el aire

Soy yo
el objeto contemplado

En los espacios horizontales del cristal
finas hebras de frío invisible
deslizan su cuerpo de ceniza invertebrada hasta mi rostro


Dejo abiertos los ojos
y me abrigo

abril 03, 2008

Nada

qué demonio
desata el latigazo
con que los árboles tiemblan aún sin viento
parece que los cielos se cierran por las tardes
esa hora
que temo desde niña
que no es día
no es noche
turbia leche
fuera del pecho materno
despedido desde ahora
roto
incompleto
corazón abierto a la mitad
como sólo las madres soportan
rajado a pedazos
vientre inverso
para que pueda fugarse el amor por las ventanas abiertas
¿o estaban cerradas?
yo arreglaba papeles
en esa insistencia torpe de sentir mi pequeño mundo a la mano
arreglaba papeles sin saber que se cerraban las ventanas
arreglaba papeles
colocaba las imágenes de mis amores en la pared que me acompaña
arreglaba papeles
rompía los ya olvidados
movía
absurda
el desorden necesario para vivir
arreglaba papeles en silencio
sólo la música
a veces
sin pedir permiso
tú te ibas
y yo ordenaba mi mundo
esas imágenes que tenía guardadas
las puse en la pared a tu hora última
tú te ibas
yo llenaba la pared con los ojos de mi hijo
y mis amigos
desde el agua
aparecieron de repente
después de muchos días en la sombra del papel
hoy decidí acompañarme más de lo acostumbrado
menos mal había espacio en la pared
porque a esa hora tú te ibas
y yo me aferraba a mi pared de imágenes vivas
mis ojos saltaron varias veces
largas pausas
en Gabriella y Armando
tanta luz en esas aguas
Dios mío
—pensé durante unos minutos
que verlos allí era como un bautismo escogido para la felicidad
tanto me acompañan en esa pared
desde ese líquido transparente y brillante
y como siempre
varias veces sonreí escondida
mis ojos en la pared
—agradecida
y luego delante de un unicornio acongojado
debí saber en esa silla oscura
que tú te ibas, mi amor
mientras ese unicornio me incomodaba con sus ojos tristes
tú te ibas, mi amor
con tus pies y con tus manos
cuánto temblor ahora en las mías
le habría dicho a mis pájaros que te llevaran
en bandada ruidosa
lejos
mi amor
niño pequeño acostumbrado a las manzanas y la piña
cuánto temblor
enfrentada a ese unicornio
me quejé con Daniel
por tanto existencialismo en ese libro infantil
y tú te ibas, mi amor
habría sido valiente para abrazarte
mis pájaros habrían podido despejar el cielo para ti
lo habría rogado en susurro a pesar de mis vísceras
tú te ibas
niño pequeño
ahora en otros lugares de este lado de la historia
mamá sin voz en su voz apenas erguida
—como jamás
mamá en un hilo transparente
y yo con mil preguntas sin respuestas
como el unicornio
que preparó mi cuerpo para despedirme
vaya tu alma
campanario sonoro en esta bóveda
sólo devuélvele canciones a los pájaros que te alcancen
no mires al unicornio
porque en él sólo hay preguntas
y no necesitas de sus alas para tus respuestas







.

marzo 31, 2008

La chanteuse

Huele a papel. Si abro los ojos pierdo el regalo de adivinar el color. Huelo los bordes, intuyo cuántos libros, cuántas bobinas, cuánto tiempo. En mis manos resulta un paquete pequeño. Formato un treinta y dos incompleto. Pienso en ocres, pero al abrir los ojos un verde pálido aparece. Me pongo seria. Pienso en doscientos veinticuatro páginas, pero me equivoco. Rompo un poco, miro. Me pongo seria: «Dictionaire de musique, Roland de Candé. Microcosme». Mate trescientos gramos sin recubrimiento. Impresión a tres colores por uno, la cubierta. Lomo cuadrado pegado. Edición de mil novecientos sesenta y uno. Abro las páginas y huelo más. Un libro es un universo roto, infinito. La página cuatro nos lleva a Montaigne, nos dice L’ignorance qui estoit naturellement en nous, nous l’avons, par longue estude, confirmée et avérée.

Paso mis ojos por encima de esas letras, detenidamente. Digo en voz alta:

—Mira… como aquello del talento y la probidad.

Sigo mirando. Leo en voz alta, Daniel me mira a ratos desde la computadora. Alterna su atención entre la lectura y la luz de la pantalla.

Daniel
Ajahmm
—Qué hermoso ¿verdad?
—¿Qué cosa?
—Todo… no sé. El símbolo, la grafía, el bisonte de Altamira… estas letras juntas. Es otro idioma, pero sigue siendo la palabra. La sonata es la sonata. El compás es el compás, lo describe exacto. ¿La cantante?
—Sí.



Daniel miró de nuevo la luz de la pantalla, blanca y brillante. Dejé el libro sobre mí, detallando el dibujo de la luz. Con la misma desperté, otro día, mañana recién llegada por la ventana. Fue difícil salir del sueño. Fue sencillo decir gracias.


Otra vez.

marzo 26, 2008

Aurora

«Por la vía del asombro, lo sagrado vive»

Salvador Pániker




Huelo estas paredes sin musgo y frailejones

Despojada del artificio de la espera
mis manos distendidas
en el aire
De pájaros llenas, de todos los colores
Blanco jardín, mis paredes blancas
Blancas las sombras
Blanco el miedo
Aurora rebelde en mitad de la noche
sueño más pájaros
aquí
........adentro
Cortejo callado de trinos
silenciados, como yo, por el asombro
sólo el silencio me calma
..................................Dios es azul


Cierro los ojos
y sonrío

febrero 14, 2008

BCC 19K

Si usted es usuario de la autopista de Prados del Este, tenga cuidado. Es posible que alguna de estas mañanas ronde cerca de usted una camioneta azul celeste, que de celestial no tiene nada, ni de bóveda de estrellas, ni de acaparadora de buenos deseos, ni de coroto para quedarse mirando y distraerse.

Hay conductores felices. Uno puede reconocerlos a través del cristal porque sus ojos parecen vivos a pesar del caos y el infierno. Los hay que se mueven al ritmo de sus músicas misteriosas si uno los observa un rato, y los ve bailar al ritmo de lo que escuchan sólo para ellos. Los hay más altruistas, peludos y jóvenes, que comparten sus decibeles y sus canciones ventanas abajo, y de vez en cuando voltean para constatar que usted se ha percatado de sus bajos y su buen gusto.

Otros conductores se mimetizan con el ánimo de los carros más inmediatos. Si usted está triste porque ha pasado más de media hora y sólo pudo avanzar cuatro metros, usted se descompensa un poco, se hunde en su asiento pensando en las cosas por hacer, se rebaja un poco en ese cojín donde pasa tantas horas y se acongoja. Puede ser que al voltear un poco la mirada usted consiga un rostro triste asintiendo desde el otro lado del cristal, que es verdad… que es doloroso pasar tanto rato allí dentro. Asiente con compasión y cuando avanza un poco la hilera de carros detenida, se despiden cómplices, compañeros de tragedia matutina, seguramente sin desayuno, apurados, con algo de sueño.

Existen también los acompañantes de los conductores, esos que muchas veces van lánguidos en la espera. Los que tienen más tiempo de despedirse de usted si los mira mucho rato. Los niños son los más atentos. A veces dejan colar miradas de soporte y uno cree ser capaz de soportar diez hileras más de peceras con ruedas. A veces, niñas con sus lazos lustrosos y peinados perfectos y uniformes y suéteres para estos climas tan indecisos, se despiden desde la parte de atrás del cristal con verdaderos gestos de despedida. Dicen adiós insistentes, con sus manos, y miran a los ojos. Miran a los ojos.

Pero si una mañana no hay seres con esos ojos y esos corazones, tenga cuidado. Puede aparecer esta camioneta BCC 19K con su conductora estrella. Esa especie de ídolo huesudo y trasnochado de vozarrón profundo capaz de proferir cosas horribles a través de esa boca incapaz de sonreír. Lo digo con propiedad, sé que no sonríe, porque además de encargarse de entristecer a todos en la cola, no contesta los buenos días, no mira a los ojos, no se despide, no dice permiso. Yo pensé que sólo era capaz de entristecer en los ascensores o en los pasillos. Pero no… hoy supe que entristece a lo largo de su paso, no importa si camina, o conduce.

Esta advertencia no es para evitar un rayón en su carro, un pequeño choque, no. Es para que usted se salve de mirar tanto gris, porque puede ponerse triste. Puede ser difícil después recuperar el aliento y concentrarse otra vez en las cosas buenas. Puede dejar de ver las nubes, los árboles secos y los verdes, los niños en las ventanas. Puede olvidarse de detallar la luz. No se arriesgue, no. Si usted ve aparecer esa camioneta BCC 19K, y desde ella alguien baja el vidrio para proferir ademanes y gestos, gritar con voz de bajo ruso y señalarlo con largos dedos… tenga pericia. Sea ágil y suba rápido el vidrio de la ventana. Suba un poco el volumen de su música favorita, recite un poema, concéntrese en los pájaros. Invente palabras, piense en BCC sin la bruja adentro. Imagínese cuántas palabras puede pensar: bactericida, bucólico (esta es linda), bicoca, blancuzco. Hágase un camino de palabras y transite sereno, porque esas siglas deben dejarse pasar con sus seres dentro. Con entereza. Con certeza de que no abundan. Sería imposible que abundaran ¿cómo abundarían? si hay más niñas con lazos que se despiden de usted, niños que muestran sus juguetes para compartirlos, aún adormilados y distantes; gente capaz de no descargar su miseria encima aunque exista detrás enfermedad, angustia, soledad, terror. Dígale adiós con gallardía. Sea valiente, despídase aunque ella insista en dejarle un poco de su oscura gana. Diga adiós. Insista usted también en despedirse. Adiós, adiós…

febrero 08, 2008

Animales en extinción

En Caracas, los eventos más importantes ocurren en el carro. Basta vivir un poco lejos de las cosas cotidianas, para que las conversaciones o los cansancios más significativos aparezcan nítidos dentro de esa máquina con ventanas para mirar todo el afuera donde no estás, donde no eres, donde no vives. A veces me pregunto si es esa la razón de tanta desidia hacia estas calles. A lo mejor esta ciudad luce malquerida porque nadie termina de apropiarse de ella. Ni quienes nos sentimos extranjeros en ella, ni quienes llegaron a ella y a la vida en el mismo aliento. Cuidamos y nos apropiamos de lo querido, de eso que acondicionamos para nosotros, para hacerlo vivible.

Dentro de esa caja con ventanas estaba Simón con una expresión extraña. Qué diferente a mi infancia —pensé. Tal vez es el peso del morral por las actividades de hoy o la noche no fue buen descanso para ninguno de los dos, o ya no hay más energía hacia el final de la semana.

—¿Te sientes bien?
—Sí. —Contestó mirando hacia afuera. Sin ahondar como lo hace siempre, sin detalles. Unitario.
—Pero tienes una carita... y esos ojos.
—No, no tengo nada.
—Sí tienes.
—Hoy tuvimos la clase de animales en extinción.
—¿Te fue bien? No tuviste problema con la tarea, todo lo que vi estaba resuelto.
—No es eso, mamá. Es que pasan cosas horribles.
—¿Sí? A lo mejor son horribles, pero algunas necesarias para que las especies sobrevivan. No estoy segura pero he leído que la supervivencia de algunas especies depende de la muerte de otras.
—No, mamá... eso no fue lo que dijo la maestra.
—Ah, bueno, explícame porque tu maestra siempre tiene la razón...
—Bueno, sí... hay unas especies que hacen lo que tú dices. Pero hay otras que no, y hoy supe una cosa terrible.
—Ajá...
—¿Conoces al oso panda?
—Sí...
—Tiene una esposa que es una osa panda, pero ella no es muy buena.
—¿Y eso?
—Si tiene dos hijos, cuando nacen, ella rechaza a uno... ¿lo sabías?
(...)
—Ay, no lo sabía.
—Pues para que lo sepas... sólo acepta a uno de los dos hijos que tiene. Imagínate, es una especie en extinción y apenas nacen los hijos la propia mamá aparta a uno de ellos, qué cosa tan horrible.
—Ay, Simón... lo es... pero estoy segura que la naturaleza tiene previsiones sobre eso. Debe tener alguna razón natural, no la sé, pero debe existir.


Avanzamos un poco más en el tráfico, y después de unos largos minutos, insiste de nuevo:
—Me parece que esté bien que estén en extinción, porque si no hay tantas osas panda, no habrá tantos hijos panda abandonados. Además ¿cómo dormirán si la mamá los aparta? ¿qué comen?
—Algo debe ocurrir después de ese rechazo, mi amor. No creo que se queden solitos así nada más. ¿No te hablaron de ningún otro animal? ¿la ballena? ¿la pereza?
—Sí... que pesan 60 toneladas, que pueden medir 15 m de largo. Pero esas que yo sepa no dejan a los hijos.
—Algo pasará, Simón... algo debe estar previsto para ellos. No deben estar abandonados así nada más.
—Eso espero, mamá. Que pase algo. Que los quiera el papá o por lo menos, aunque sea, que los lleven a un orfanato de pandas.




de «Historias mínimas de un niño despierto»

enero 07, 2008

La vida después del Wanulú

Fotografía: Laura Morales Balza


—Mamá, mira lo que encontré. Con estos lentes sí es verdad que no voy a tener ni un poquito de miedo. A lo mejor puedo soltarte una de las manos para dormir.
—Espera para hacerte una foto.
—¿Así?
—Como quieras, siempre que no se caigan, cuidado con esos lentes de tu abuelo.
—¿Así?
—Sí, puede ser. Déjame hacer otra.
—¿Te miro?
—Puede ser. Otra vez, ahora mira aquí.
—¿Me veo terrible?
—No, chico, te ves bien.
—Ay, qué lástima. Quería verme terrible.
—¿Y eso?
—Para no tener miedo.
—Ah, bueno si es por eso, ponte serio.
—¿Así?
—Sí, un poco más a ver si de verdad se te pasa el miedo por las noches.
—Quién sabe, mamá.
—Esperemos. Más serio ¿puedes?. Si quedas suficientemente serio se la mostramos al Wanulú cuando te salga por las noches.
—Bah... mamá... ja-ja-ja muy chistosita ¿no?, el Wanulú está dentro del libro, no afuera.
—Sí pero de eso te acuerdas sólo de día, de noche no me dejas dormir con el tema de la llegada del Wanulú. Que si no tiene cara, que si pobrecito el burro que se convirtió en tuna, que qué barbaridad de espanto, que acompáñame a hacer pipí porque puede estar en el baño, que no apagues todas las luces.
—Pensándolo bien, mejor me quito estos lentes.
—¿Y eso, Simón?
—Se ve más oscuro...
—Aquí vamos otra vez.
—¿Vas a dormir conmigo, verdad?
—Siempre... Simón...








de «Historias mínimas de un niño despierto»

enero 05, 2008

Ejército invisible

Haría largas nubes verticales. Me bajaría de la propia, para verla desde lejos y pensar que es suficiente con mirarla. Nubes estiradas, contraídas. Que me confundan. Alargadas nubes que simulen la neblina que necesito. Si fumara, estaría de pie en la ventana fuera de la silla que habito estas horas, dibujando nubes largas en la noche. Sería el ejercicio necesario para respirar sin sentir que tengo un respiro menos. Estaría en la ventana para quejarme con la noche y hacerla la más importante de las más recientes. Tomaría mi cigarro con seguridad a pesar de la pestilencia y el ardor de su círculo en mi boca e inhalaría con venganza frenética. Me puedo imaginar, de pie, de humo blanco dibujada sin estar rodeada de frailejones húmedos e indoloros. No hay mar, eso facilita las cosas porque mi nube gusta de corrientes de aire montañosas. Si no miro el mar, es más sencillo exhalar el aire contaminado y sucio de mis pulmones limpios, que no de las arterias que salen de mi corazón. Es mejor de ese modo, más cómodo para mi nube andina y obstinada. De pie, la miro alejarse desde la ventana donde fumo con seguridad casi visible, a no ser porque las luces apagadas me confunden con el cuadro de mi ventana abierta. Parte de la decoración, dijeron alguna vez, esta vez, del paisaje nocturno que insisto, no es marino. Nada se parece a este círculo encendido que apunta al vacío con su luz débil. Si fumara, me preocuparían los dibujitos que la ceniza pueda dejar al caer en el antepecho de mi ventana. Me quedaría mucho rato mirando qué dibujos me regala la ceniza azarosa. No podría evitar intervenir con mis dedos para hacer algunas cuencas en esos pequeños volcanes sin llama. El azar me mortifica. Inhalaría profundamente, con los ojos cerrados, al mismo tiempo que estrangulo ese pequeño sol circular entre mis dedos. Si fumara, sería capaz de masticar un poco para dejar allí la contención que me rebasa. Recogería mi cabello preocupada por el olor que pueda alojarse entre sus hebras. Mi nube gusta de corrientes montañosas, allí es seguro despejarme la frente y con eso el pensamiento y la esperanza. Si fumara sería posible llenar el cielo oscuro de nubes blancas, de oriente y occidente. No importa cuán largas y estrechas luzcan, como los sueños desvanecidos que cuesta conciliar. Pero es de noche y las nubes son escasas. Del otro lado esperan otras horas por mil cigarros encendidos. Si fumara estaría absorta mirando lo único que brilla delante de mi boca. Pequeño círculo solar que enciende mis ganas de vigilia. Con tanta humareda haría un muro gigante. Que digo un muro, un país entero. Países. Unos encima de los otros, para que no mires en mi mundo. Mi cigarro te espanta con sus luces naranja y gris muerto. De pie estoy, en esta ventana que vigilo. De pie, como los árboles —también dijeron muchas veces. Mirando mi nube, fuera de mí. Lejos.

enero 01, 2008

Claro y tibio, por favor

Era una casa iluminada. Amarillas luces entraban por el claro del jardín interior que se veía desde algunas de las habitaciones. Ese jardín convertido en patio interno terminaba en una gran ventana de madera y vidrio que separaba la cocina de las matas y los pájaros. Allí amanecían las mujeres. Unas para desayunar y salir desde temprano, otras para comenzar la faena mañanera y quedarse.

El piso se extendía como una gran alfombra en toda la planta baja de la casa. Cuadrados negros y amarillos envejecidos que divertían a la niña pequeña en sus primeros pasos. Era una casa llena de fantasmas vivos. Esos de pasos apurados por la angustia o el quehacer cotidiano que se elabora sin entusiasmo. A veces la niña entraba dentro de los rituales fantasmales: la hora del baño, la hora de la comida, la hora del café, de la merienda, de la siesta. Una de las mujeres la tomaba malhumorada, en la regadera, aún de mal humor, fastidiaba para apurar el baño. Con miradas amenazantes o golpes mojados en las piernas insistía en la premura golpeando constantemente hasta que por fin la danza de la toalla significaba el fin de la tortura. La toalla calmaba a la niña porque sabía que saldría protegida en ella desde el baño. Afuera las otras mujeres verían normal el llanto y pensarían que tal vez el agua no tenía la temperatura adecuada y las veían pasar a ambas hacia el cuarto donde solían vestirla y arreglarla.

Algunas tardes, llegaban visitas ancianas olorosas a talco y perfumes fuertes. Blancas mujeres con labiales oscuros y cabellos recogidos se inclinaban con su olor a flores de cementerio y hojas disecadas para apretar las mejillas y sonreír encima de la cara de la niña. Era seguro que esa noche soñaría grandes máscaras vivas y maniquíes con venas y latidos. Esas tardes, con esas visitas, el aroma del café se mezclaba con el olor de los talcos perfumados. En esa ciudad, las tazas de café llegaban hasta la sala despidiendo humos blancos como figuras alargadas. También de allí salían fantasmas turbios que tenían dificultad para despegarse del borde delgado de la taza. Sólo esa porcelana los ataba a este mundo de vivos olorosos. La niña dudaba acercarse, pero veía desde fuera el ritual de delgadas figuras neblinosas saliendo de la oscura noche de esas tazas lustrosas y profundas.

Llegó la hora de la comida de la niña. La mujer la tomó de la puerta de la sala sin molestar a la visita. La llevó hasta la cocina y la sentó en uno de los mesones cerca del lavaplatos y las gavetas. Allí, callada, como si recién acabara de salir de las humaredas del café, tomaba bocados de comida que apretaba contra la boca de la niña. Con el mismo bocado ensuciaba parte de la ropita recién puesta y repetía varias veces lo mismo hasta dejarla sucia. La mujer se comía el resto de alimento del plato y sin palabras, llevaba a la niña de vuelta al pasillo que estaba cerca de la sala. Ya comió —decía medio asomada en la doble puerta del salón. Y se marchaba.


Una mañana, la niña con algunas palabras aprendidas, jugaba en la planta alta de la casa de luces amarillas. Las mujeres pasaban afanadas, con cargas de ropa limpia, manteles, sábanas. La mujer y la niña se miraban en silencio. La palabra es un decreto —pensaba la niña callada mientras recordaba los golpes debajo del agua y la comida que la mujer masticaba apurada, escondida de todos.

Temió estar demasiado cerca de la mujer y decidió bajar las escaleras hasta un cuarto que daba a la cocina. La mujer hizo lo mismo y la apartó con una gran carga de ropa limpia y planchada. Un frío temblor corrió por la espalda de la niña tambaleándose en los estrechos escalones. Recuperado el equilibrio se abalanzó encima de la mujer hasta empujarla. Camisas, manteles y servilletas volaron hasta caer blanquísimos sobre el ajedrez negro y amarillo. La mujer rodó escalones abajo con la cesta haciendo lo mismo cerca de su cuerpo. Otras dos mujeres salieron alarmadas de la cocina mientras desde el piso, la mujer miraba a la niña desde abajo ¿Qué pasó? —gritaron desde la cocina con las manos en los trapos húmedos y arrugados. Nada —sentenció ella. Se puso de pie, se estiró la ropa, caminó hacia el patio interior, llegó al salón y atravesó el zaguán.

No regresó jamás.




A veces la niña, en su adultez, pierde segundos en largos viajes detrás de blancos hilos que salen de las tazas de café caliente. Menos mal las ciudades han cambiado, las tazas, las visitas y los gustos. Es mejor asomar los ojos en una taza de café con leche, claro y tibio, que dejarse perder en la oscurana de un café, que quién sabe a qué recuerdos llevará.

Sebastián de Vivanco

Mi gato Sebastián, blanco y negro, presagio de mis intereses actuales, se paseaba despacio por el apartamento. Le encantaba ver algunos programas de televisión y era el mejor compañero para escuchar música. En mis años de universidad era el recibimiento deseado si venía cansada o feliz. Ya en el estacionamiento no veía la hora de llegar a la casa para descalzarme y descubrir qué estado de ánimo tendría al abrir la puerta. Su seriedad a veces era intimidante. Tanto, que en algunas ocasiones resultaba más seguro para mí estar pendiente de mi espalda. Era mejor caminar sin descuido si ese día no estaba de amores. Otras veces toparme con su cara al entrar, era exponerme a un efecto hipnotizante si sus ojos adormecidos me miraban poseído por los brazos de Morfeo. Bastaban minutos para que fuese cerca de su pecho ronroneante, poseída por sus ojos entrecerrados. Bastaban segundos para que los míos se cerraran profundamente, aunque no tuviese sueños felinos y peludos. Algo tenía su corazón de gato silente, que era capaz de escucharme con atención y vigilia. Su sueño diurno me ayudaba a pasar noches seguras, su vigilancia de esfinge no podía ser mejor espanto para los sueños oscuros y temerosos. Yo hurgaba en sus miradas terribles para ver si hallaba alguna pista egipcia, algún resto de aceite untuoso o aroma a mirra. Sus ojos cumplieron con el destino de su vida, no revelaron lo añejo de su espíritu, ni lo santo de sus silencios.

Mi gato Sebastián dejó varias de sus vidas en ese apartamento. Sobrevivió a una descarga eléctrica en la cocina por más que mi hermana y yo agotamos todas las palabras para explicarle lo peligroso que era tomar por estambre aquel cable negro. Él insistió con sus patas y movimientos, hasta que un día un chispazo fuerte lo lanzó contra la pared donde estaba la mesa para desayunar. Estuvo varios días extraño y aunque su comida estaba al cruzar la cocina, había que llevarlo cargado hasta el otro lado porque no era capaz de hacer ese trayecto solo. Por varios días caminó sobresaltado, entre temblores y descargas internas de terror.

A veces, en los días más agitados de la universidad, se quedaba hasta tarde cerca de la mesa de dibujo. Era parte de la escena, parte de los papeles, las cuchillas, la madera, el pegamento, las tintas. Se quedaba allí sentado moviendo su cola a veces con ritmo apabullante, por lo perfecto. Era el recordatorio de terminar, o morir, en caso que mi deseo fuese correr a mi almohada si la entrega significaba mucho estrés y el vómito me jugaba las suyas en la madrugada. Bastaba una pequeña duda mía para encontrarme con sus ojos amarillos y grises. Una que otra madrugada busqué complicidad en sus ojos. Un pequeño gesto suyo bastaría para irme hipnótica hasta la cama, pero eran las horas de más vigilia para él. Un gato apto para insomnes. Un gato para no sucumbir.

Lo que más quise en Sebastián fue su amor fortalecido. Su amor siempre reclamó los abandonos. No era un amor complaciente. Fue un amor de entrega pero también de reciprocidades. No como aquel perro de mi infancia, aquel setter irlandés que ninguna escuela pudo educar, que amaba aunque pasara una tarde solo y abandonado, como si amar fuese un ejercicio solitario. Sebastián era capaz de ignorarme horas, si había sido muy larga su espera o si había sentido desatención y soledad. Por más arrumacos, amapuches y mimos, me trataba con digna frialdad, como si esperara un mejor momento para quererme. Diciéndome con sus gestos y sus bigotes que tendría que esforzarme un poco por un mínimo ronroneo o una mínima volteada panza arriba con vueltas y sonidos de cascabel. No era fácil sacarle el amor, pero era seguro. Era seguro amarlo, porque su amor no brotaba de cosas invisibles. Su amor se vertía inmenso si sentía seguros sus propios miedos.

Mi gato Sebastián hace mucho no ronronea a mi lado. Pero esta noche lo recuerdo hasta olerlo. Casi siento su tibieza y su paso sigiloso entre mis piernas cuando salía de mi cama al baño. Su compañía, allí sentado en la alfombrita del piso si en la madrugada tenía muchas ganas de hacer pipí, y de nuevo entre mis piernas en el camino de vuelta hasta la cama: un espacito, por favor… sin mucha misericordia. Un espacito, eso sí, no vayas a llevarte mi espíritu. Mira que en el Nilo titilan suficientes almas y la mía está cansada hoy. Cansada.








A mi gato Sebastián
en estas horas de sueño